Hoy por la mañana veía en Canal N una entrevista a la chef de un restaurante de comida arequipeña aquí en Lima, que hablaba de la gastronomía peruana y de cómo debería ser promocionada ante el foro del APEC que se desarrolla este año en Lima. Ella decía que los restaurantes deberían certificarse para recibir turistas, para que los visitantes pudieran saber al entrar que los insumos eran de calidad, los procesos eran higiénicos, y entre otras cosas, “que la comida no pique”.
Hoy día, todo se puede conseguir en versión light. Incluso los productos más destructivos de la salud existen en versiones light, como la mantequilla, la mayonesa, y demás gustos de la vida posmoderna. Crecientemente está ‘in’ o en boga llevar un estilo de vida light, controlando lo que uno come, haciendo ejercicios, y consumiendo todos los productos que uno pueda en sus versiones light.
Pero el mundo de lo light es, me parece, algo muchísimo más complejo, y es un fenómeno que se entrecruza con múltiples otras dimensiones de nuestra vida. Porque lo que se encuentra detrás del mundo light no es sólo una voluntad creciente por vivir mejor, o de manera más sana; lo que se encuentra detrás es al mismo tiempo una forma de concebir el mundo, toda una ideología que se estira hasta abarcarlo todo. Si lo vemos desde un cierto punto de vista, la ideología de lo light es una forma de ver el mundo bajo la cual nosotros, los individuos que nos alzamos encima del orden natural de los acontecimientos, podemos mantener todos nuestros hábitos cuestionables sin tener que realizar ningún tipo de compromiso o sacrificio con algo que nos desafíe.
De múltiples maneras, nuestro mundo, nuestra sociedad y nuestra cultura se están viendo atomizados. No en el sentido de “ahhh es el fin del mundo”, o de que el tejido social se está descomponiendo y la vida ya no tiene sentido. Más bien, en el sentido de que la vieja cultura de masas a la cual nos habíamos acostumbrado se está viendo a sí misma desagregada, reducida a elementos más pequeños que utilizan los mismos canales de distribución, pero los mensajes que circulan no son ya los mismos homogéneos, uniformes de unos pocos transmisores. Los efectos de este proceso son paradójicos, o cuando menos irónicos: allí donde la sociedad y la cultura de masas engendraron al individuo moderno, individualista y aislado, el fenómeno complementario de hoy pareciera estar generando, más bien, individuos que responden al desarraigo con una profunda necesidad de comunidad.
Esta noche llegué a mi casa y me vi inundado por todos los canales por la misma noticia: RECESIÓN. Sólo faltaba que alguien desempolvara el viejo comercial de la campaña aprista del 90 y lo pusiera de imagen de fondo. Un analista en televisión llegó tan lejos como para afirmar que “esta podría ser una recesión tan mala como la de 1929″. La ola de pánico llegaba por todos lados, así que sólo podía hacer lo que cualquier persona racional habría hecho en mi lugar: unírmele.
Repentinamente se me ocurrió un pequeño flash de inspiración, de algo que no tengo ninguna certeza o garantía que funcione: el gran propósito, el Gran Tornillo, lo que quieran. La pieza que faltaba, que un poco le daba consistencia al asunto. ¿Para qué IB? En principio, y ni eso, como en por la 4ta revisión, la premisa se volvió a hacer el ejercicio de una crítica cultural en su sentido más amplio, ver lo que pasa y por qué pasa y ese tipo de cosas. Pretensioso, elitista, pseudoilustrado, todo lo que podría esperarse de nosotros (uno no puede sino ser quién es). Quizás el asunto no va tanto por allí, sino más bien por entender más bien precisamente este lugar en el cual tratamos de posicionarnos (plurales van y vienen, pero debo admitir que hablo un poco solo en esto). Precisamente aquella gran lucha por la definición de IB es el gran núcleo del asunto: border line, como le llaman, ese limbo que existe entre lo académico y lo pop. ¿Por qué ese nicho? Quizás simplemente por narcicismo, por llamar la atención.
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